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El sismo de 7.4 en Colombia se suma a las tragedias telúricas de 2026, pero ni todos juntos superan la devastación de México en 1985, que dejó cerca de 30 mil muertos y dio origen a la cultura antisísmica.Por ELVIA ANDRADE BARAJAS
Con este evento, el balance global asciende a 5,823 fallecidos, una cifra dominada por la tragedia venezolana del 24 de junio, cuando dos terremotos consecutivos de 7.2 y 7.5 provocaron 5,546 muertes, convirtiendo a Venezuela en el país más afectado por sismos en lo que va del año.
Aun así, ni la suma de todos los sismos registrados en 2026 —incluyendo Filipinas, Japón y ahora Colombia— supera la devastación histórica del terremoto que golpeó a México en 1985, un evento de magnitud 8.1 que dejó cerca de 30 mil muertos (cifras oficiales reportaron 3,192) y transformó la vida de la gran Tenochtitlán.
Aquel desastre obligó al país a crear el Sistema Nacional de Protección Civil, instaurar normas antisísmicas estrictas y vivir desde entonces en una cultura de alerta permanente ante la señal sísmica.
El sismo de Colombia de este lunes, de magnitud 7.4, con epicentro en San José del Palmar, una de las más pobres de Colombia, se sintió con fuerza en Venezuela, Panamá y Ecuador, donde se realizaron evacuaciones preventivas, pero sin víctimas ni daños estructurales.
En Colombia, el impacto ha sido devastador: además de los 134 fallecidos, 1,575 viviendas averiadas, 37 destruidas, 61 edificios colapsados, 18 centros de salud afectados, 52 escuelas dañadas, 18 vías comprometidas y 6 aeropuertos con operaciones suspendidas.
Las zonas más afectadas son Risaralda, con al menos 40 fallecidos, Cali con 27 muertos y Manizales, donde colapsó una torre de su catedral. Las labores de rescate continúan entre estructuras debilitadas que aún ceden.
Con este sismo, el mundo acumula una cifra alarmante de actividad tectónica en 2026.
Hasta hoy se han registrado 9 terremotos de magnitud mayor a 7.0, 75 entre 6.0 y 6.9, y miles de eventos menores que evidencian un año de intensa presión geológica.
El balance global de víctimas hasta hoy es de 5,823 muertos, una cifra que refleja la vulnerabilidad de millones de personas ante fenómenos naturales que se intensifican y se encadenan con otras crisis ambientales.
La comunidad científica advierte que la frecuencia y el impacto de estos eventos muestran patrones de aceleración que requieren atención internacional coordinada.
Entre los terremotos más mortíferos del año destaca el doble sismo de Venezuela, ocurrido el 24 de junio, con magnitudes 7.2 y 7.5, que dejó 5,546 muertos y miles de heridos, convirtiéndose en el evento sísmico más letal de 2026.
En Filipinas, el terremoto de magnitud 7.8 del 7 de junio causó 107 muertos y más de 1,300 lesionados, además de daños urbanos severos.
En Japón, el sismo de magnitud 6.8 registrado en Kumamoto el 28 de julio dejó 38 fallecidos y afectaciones importantes en infraestructura.
A estos se suma el terremoto de Colombia, que ahora se integra a la lista de los eventos más destructivos del año.
El mundo no solo enfrenta terremotos, ya que mientras en un país la tierra tiembla, en otros continentes se rompen récords de calor extremo.
Europa vive una de las olas de calor más intensas de su historia, con ciudades como Madrid, Roma, Atenas y Marsella superando los 45 grados, acompañadas de sequías prolongadas que han reducido embalses y afectados cultivos.
En contraste, regiones de Asia y América del Norte padecen inundaciones extremas, como las registradas en Bangladés, China, Estados Unidos y México, donde ríos desbordados y lluvias torrenciales han provocado evacuaciones masivas. La simultaneidad de estos fenómenos evidencia un planeta sometido a presiones climáticas y geológicas sin precedentes.
Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia, informó que la prioridad será la búsqueda de las personas atrapadas por el terremoto de hoy, que dejó escenas de destrucción que marcarán la memoria colectiva.
En Manizales, una de las torres de la emblemática catedral se desprendió, cayendo sobre la plaza y generando pánico entre los habitantes que ya habían evacuado edificios cercanos.
En Cali, una veintena de estructuras colapsaron, atrapando a decenas de personas que fueron rescatadas por bomberos y voluntarios.
En Risaralda, donde se concentra el mayor número de víctimas, barrios enteros quedaron reducidos a escombros, con viviendas fracturadas y calles cubiertas de polvo y cables caídos.
“Sentimos que no iba a parar”, relató una mujer en Bogotá, donde el sismo se percibió largo y persistente, obligando a evacuar edificios públicos y oficinas.
En Cali, un comerciante narró que “las paredes se movían como si fueran de papel”, mientras en Quibdó, cerca del epicentro, los habitantes describieron un estruendo profundo seguido de un movimiento violento que derribó muros y rompió ventanas. Las autoridades locales han solicitado apoyo nacional e internacional para reforzar las labores de búsqueda y atender a las comunidades afectadas.
La infraestructura crítica también sufrió daños significativos.
La Aerocivil suspendió operaciones en los aeropuertos de Pereira, Manizales, Armenia, Cartago, Quibdó y Buenaventura, mientras ingenieros evalúan grietas en pistas, terminales y torres de control. En las zonas rurales, caminos quedaron bloqueados por derrumbes, dificultando el acceso de ambulancias y equipos de rescate. Los centros de salud afectados operan con generadores y personal reducido, atendiendo a heridos en condiciones de emergencia.
El gobierno colombiano ha activado todos los organismos de socorro y solicitado apoyo a alcaldías de ciudades como Bogotá y Medellín, que enviaron rescatistas especializados en estructuras colapsadas.
La prioridad es localizar a los desaparecidos, estabilizar edificios en riesgo y restablecer servicios básicos en las zonas más afectadas. La comunidad internacional ha comenzado a enviar mensajes de solidaridad y ofrecer asistencia técnica.
Venezuela: el país más golpeado del año
Venezuela atraviesa una de las peores tragedias sísmicas de su historia reciente.
La ayuda internacional ha llegado, pero de forma limitada, debido a la compleja situación política y económica del país. Organismos humanitarios han denunciado que muchas comunidades siguen sin acceso a agua, electricidad o refugios adecuados, y que la reconstrucción avanza lentamente. En varias ciudades, familias enteras viven en campamentos improvisados, esperando asistencia que no siempre llega a tiempo.
Venezuela comparte fronteras con Colombia, Brasil y Guyana, tres países que, aunque distintos en desarrollo y estabilidad política, enfrentan vulnerabilidades similares: amplias zonas sísmicas, infraestructura desigual, urbanización acelerada y comunidades que viven en edificaciones informales o sin supervisión técnica adecuada.
Colombia y Venezuela, además de su frontera extensa, comparten cordilleras, fallas geológicas activas y ciudades densamente pobladas en zonas de riesgo. Brasil, aunque menos sísmico, comparte con Venezuela la presencia de regiones amazónicas donde la supervisión de obras es limitada.
Guyana, por su parte, enfrenta desafíos de infraestructura básica y asentamientos precarios. En conjunto, estos países conforman una región donde la combinación de pobreza, informalidad urbana y fenómenos naturales intensificados crea escenarios de alta exposición a desastres.
Tras los devastadores terremotos del 24 de junio, las autoridades venezolanas iniciaron investigaciones penales contra empresas constructoras y funcionarios municipales acusados de permitir edificaciones sin cimientos adecuados, con materiales de baja calidad y sin cumplir normas antisísmicas.
En varias ciudades afectadas —especialmente en Mérida, Táchira y Trujillo— se reportaron detenciones de ingenieros, contratistas y directores de obras públicas, señalados de haber levantado estructuras con “paredes de papel”, como denunciaron sobrevivientes. Aunque el proceso judicial avanza lentamente por la crisis institucional del país, sí existen causas abiertas por homicidio culposo, corrupción y negligencia profesional.
México 1985: el terremoto que cambió la historia
Desde 1985 hasta la fecha, el terremoto más devastador en el mundo, en términos de impacto urbano y número de víctimas, sigue siendo el que golpeó a la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985, un sismo tectónico de magnitud 8.1 que sacudió una de las zonas sísmicas más complejas del continente.
La capital mexicana, asentada sobre un antiguo lago y rodeada de fallas activas, sufrió un colapso masivo de edificios, hospitales, escuelas y estructuras emblemáticas, dejando hasta 20 mil muertos según diversas fuentes, además de cientos de miles de damnificados.
Aquel evento marcó un antes y un después en la historia sísmica de América Latina y continúa siendo el referente más trágico cuando se comparan los grandes terremotos de la región.
El terremoto de 1985, con su magnitud oficial de 8.1, no solo dejó una cicatriz imborrable en la Ciudad de México: también transformó para siempre la manera en que el país entiende y enfrenta los desastres naturales. De aquella tragedia nació el Sistema Nacional de Protección Civil, una estructura institucional que profesionalizó la respuesta ante emergencias, estableció protocolos de evacuación, creó brigadas especializadas y dio origen a la cultura antisísmica que hoy distingue a México en el mundo.
Los simulacros, las normas de construcción reforzadas, la supervisión estructural y la educación pública sobre riesgos son herencia directa de ese septiembre que marcó a la gran Tenochtitlán. Desde entonces, México no volvió a ser el mismo: aprendió a prepararse, a organizarse y a convertir el dolor en prevención.
eab_elya@yahoo.com.mx |